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La palabra utópica en el Festival de la Palabra

“Los gobiernos nos dominan
porque producen discursos,
producen ficciones”.
Manolo Núñez

             El pasado martes, 18 de octubre de 2016, se realizó un panel compuesto por Manolo Núñez, Susana Baca, Ricardo Pereira y Ernesto Quiñones en la Pontificia Universidad Católica de Puerto Rico como parte de las actividades patrocinadas por el Festival de la Palabra.  En el panel se planteó a la palabra como utopía y la relación entre utopía, literatura y cultura, conceptos que no pueden concebirse autónomos sino en constante correlación entre unos y otros.  Partiendo de los argumentos que mencionaron los panelistas y, más específicamente de las palabras de Manolo Núñez, hablar de utopías -de las utopías literarias y culturales- también es hablar de distopías, sobre todo, de la distopía de la imagen hipermoderna.  Nos encontramos en una sociedad donde la distopía se presenta desde la imagen que acosa constantemente al sujeto buscando descomponerlo para implantar una política, una ética, una doctrina distinta donde la dinámica parte desde la crisis y el shock.  Este acoso del imperio de las imágenes y lo vertiginoso de su omnipresencia nos permite advertir la invasión de imágenes que parten del discurso neoliberal en su fase de consumo.  La imagen ha querido sustituir tanto a los objetos como a los sujetos culturales e implantar precisamente la imagen distópica, el caos, el desequilibrio del sujeto, del cual el discurso neoliberal se sustenta.  En este sentido, la palabra utópica rompe con la imagen distópica del discurso hegemónico y desarticula su dinámica para convertirlo en otra cosa, en un discurso que estructura al sujeto de modo distinto.
            La palabra como literatura y significante utópico quiebra la cadena asociativa de la imagen y sustituye la distopía con la utopía.  En una sociedad donde todo es mercantilizado y mediado por el consumo capitalista, nos recuerda Núñez que “no hay que pagar por la palabra”.  La palabra quiebra algo de ese mercado dándole nombre a lo que la imagen desplaza, nombrando el espacio de los excluidos.  Pensar, por ejemplo, en esta capacidad de la palabra, que es articular, significar, hacer un lazo con el Otro y representar lo utópico que aparece desplazado por el discurso hegemónico, hace a la palabra amenazante, peligrosa para el sistema neoliberal que conoce muy bien la naturaleza del deseo y la facilidad del objeto por convertirse en material obsoleto.  Tal como afirma Núñez, es peligrosa porque demuestra que “la cultura puede coexistir, a diferencia de la imagen y el producto que se hace obsoleto”.  Esta “utopía se basa en exclusiones; [logra adentrarse] ahí donde no llega el discurso dominante” y esa es la tarea de quien escribe: “buscamos escribir la palabra que no ha sido dicha” (Núñez).   La imagen crea la ilusión de que todo está visto y todo está dicho.  Sin embargo, la palabra deja espacio a lo innombrable en su juego de silencios y de ahí su capacidad de reinventarse, a diferencia de la imagen que es una y no cambia.  La palabra puede metamorfosearse e ir tras el inconsciente colectivo atravesado por la lógica del mercado y privilegiar ciertos objetos culturales como una disciplina arqueológica que busca entender a la humanidad más allá de la materialidad.  De hecho, nos recuerda Manolo que “el mercado pretende que no encontremos cosas en común”, que no nos adentremos en estos símbolos arqueológicos. 

            Siguiendo esta línea de pensamiento, pensemos por ejemplo en “la utopía de escribir en los tiempos de PROMESA” (Núñez), tiempos en los que el país está desarticulado y el lazo social está cada vez más débil.  A su vez, pensemos en el rescate cultural motivado por la crisis y la búsqueda de identidad.  Pensemos en que la literatura –y el arte en general- ha sido un frente de lucha de esas poblaciones excluidas por las hegemonías.  Ahora es cuando se hace evidente lo que alguna vez oí: “las palabras salen solas cuando el alma siente miedo”.  Pero también salen solas cuando se está segura del país que se quiere, de la utopía que se sabe cierta y de las promesas que no queremos las poblaciones excluidas.  Ahí es donde aparece la palabra para sanar, para articular, para hacer lazos nuevos y sujetos distintos sin miedo a crear sus propias utopías.

- Warmy Sumaq 

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