Ya no sé qué extraño, si alguna luz de mentira, alguna gaviota taciturna o algún párpado sin nombre en la oscuridad de la mañana. La turbulencia me hace pensar en rostros que apenas recuerdo, como si andara cayendo en paracaídas y las nubes se hicieran hielo en mis narices para entorpecerme la vista. ¿En qué puerto podré encontrar lo innombrable? Acaso seré otra María Nadie en eterno peregrinaje. Acaso la mampara está ahí para condenarme y hacerme estigma sin cuerpo y sin alma. Sin palabras. Solo conozco la vida desde la herida, desde el quebranto y lo dividido en eterna caída, desde el paracaídas que nunca se abre a tiempo y me destruye la cara contra el suelo. Solo conozco la vida desde el encuentro con el acero, desde el silencio de los planetas que no se mueven y las atmósferas contaminadas por el aguacero de desechos. Ya no sé qué vivo, si vida o muerte, o algún estado a medias. Ya no sé qué espero, si solo sé vivir a destiempo. Ya no sé qué adoro, si todos los dioses han muerto. ...